Vergonzosa perversidad: La posición de Paraguay para la COP-26

Vergonzosa perversidad: La posición de Paraguay para la COP-26

La posición de Paraguay para la COP-26 es una vergonzosa muestra de la complicidad del Gobierno con los sectores más destructivos de la economía y de la naturaleza en perjuicio de toda la sociedad. La sumisión del Gobierno a estos intereses significa impunidad para los graves delitos ambientales perpetrados cotidianamente por estos en su avidez por expandir el modelo extractivo que agotó casi al extremo las existencias de los bienes naturales del dominio público.

El documento expresa, sin prejuicios y de manera categórica, que “La producción primaria (agrícola, ganadera y forestal), representa la base de la actividad socioeconómica del país” y que “se considera relevante proteger el modelo productivo local, a fin de salvaguardar la seguridad alimentaria”. Estas afirmaciones obvian el hecho que los medios de producción se encuentran presa de un oligopolio narcoempresarial que, a su vez, es mantenido por un elenco narcopolítico encargado de indultar y facilitar todo tipo de actividad caprichosamente definido por la casta decisoria. El sitial al que el partido único que ejerce hegemonía política en el país ha llevado al Estado paraguayo, es de total subordinación a los intereses particulares de los pocos grupos que controlan el territorio paraguayo como guarida para actividades al borde de la ilegalidad y siempre destructivas del ambiente, erigiéndose el modelo económico en la principal causa de emisiones de gases de efecto invernadero en el territorio nacional, alcanzando el 90 % de estas. En síntesis, el modelo económico implementado en el Paraguay es indefendible, es un modelo de base feudal, dominado colonialmente por poderes fácticos relacionados a actividades ilegales, generadoras de ingentes emisiones GEI y que destruye las bases naturales del los ecosistemas del país.

Aunque la afirmación que “Es un error considerar que solo los agricultores familiares son clave para la producción de alimentos de forma agroecológica. Los productores en todas las escalas pueden ser agroecológicos…” es plausible en teoría, actualmente no lo es en el territorio paraguayo, ya que los niveles de contaminación por agrotóxicos y material transgénico se vierten desregulada y descontroladamente por todo el país, sin ninguna consideración ni restricción zonal o sectorial. Para que esta noción sea realidad en el Paraguay, es justamente el modelo productivo dependiente de los agrotóxicos y de los organismos genéticamente modificados que defiende y promueve el Gobierno, el que debe eliminarse.

Cuando el documento señala que “Hay muchos sistemas de producción que se ajustan a la definición de sistema agroecológico optimizando la diversidad de especies y recursos genéticos de diferentes formas como sistemas de labranza cero, integración cultivo-ganado, rotaciones de cultivos…” incurre en la misma falacia expiatoria como aquella que dice que “las armas no matan, son los hombres los que lo hacen”. Los mentados sistemas a los que se refiere el documento, no son tales, son paquetes tecnológicos aplicados de manera violenta sobre ecosistemas que son destruidos para ser reemplazados por esos paquetes, los que generan grandes pérdidas en materia de biodiversidad y generan emisiones de GEI provenientes de la biomasa acumulada en los suelos y de la biomasa viva que se destruye y quema en el proceso de acomodar la producción extractiva.

Añade además que “Los agricultores deben tener libertad para elegir el sistema de producción que mejor se adapte a sus condiciones, recursos y mercado, teniendo en cuenta los costos de producción y la rentabilidad…” incurre en la inocentada de que se puede mentir a escondidas a todo un pueblo. Los alimentos disponibles en el mercado nacional son, en su mayoría, importados, ya que el país sólo produce materia prima de exportación, por un lado, para forraje y agrocombustibles, y por otro, carne vacuna, a la que la mayoría de la población local no puede acceder debido a sus precios elevados, resultantes de la cotización internacional, la que es producto de la especulación mercantil. En resumen, el agricultor que provee materia prima en el marco del modelo del agronegocio, elije producirla de manera tóxica y con alto impacto climático, no piensa en el mercado local, sino que exclusivamente produce por pedido de los amos multinacionales del agronegocio.

Dice, además, que “La producción orgánica es más cara, por lo tanto, aumenta los costos de los alimentos aumentando la desigualdad entre los consumidores…”  esta falacia, propalada por quienes lucran con el modelo extractivo, encabezado por las multinacionales y con el Ministro de Agricultura enganchado de furgón de cola, se basa en un cálculo de costos que no incluye ni los ingentes subsidios otorgados al agronegocio ni los costos ocultos que quedan sin pagar en ese proceso extractivo -mal llamado productivo. Es muy claro, en este caso, el axioma de “privatización de ganancias y socialización de costos” en que incurre nuestra sociedad en favor de los oligopolios extractivistas, situación que destruyó el sistema climático y que quebranta la estabilidad social en todo el mundo. Además, los precios de los alimentos “convencionales” han aumentado en mayor proporción que los orgánicos en la plaza local, evidenciando la falacia vitriólica.

Alega la injuriante sentencia de que “No hay competencia entre los sistemas de producción orgánicos y otros. Ambos pueden crecer e incluso pueden ser complementarios…” Nada menos veraz, sobran las evidencias de incompatibilidad biofísica y socioeconómica entre los dos modelos. Varias veces al mes nos enteramos de que las fincas campesinas son contaminadas por agrotóxicos y sus cosechas son afectadas o destruidas por la deriva de los biocidas empleados a gran escala y sin cuidado alguno por los perpetradores del agronegocio. También, varias veces por semana nos enteramos de hechos criminales como el desalojo violento de comunidades indígenas y campesinas parta arrebatarles sus tierras, ¡la incompatibilidad es mórbida y letal! El Estado ha tomado el lado de las transnacionales y de los usurpadores de tierra y, lo único que aporta con esa actitud sectaria es la garantía de la continuidad de las emisiones a gran escala de GEI como resultado de la expansión del monocultivo a gran escala. 

El documento defiende la producción de carne afirmando que “Se cuestiona la producción de carne por su impacto ambiental, pero se debe considerar el equilibrio entre la emisión y el secuestro de gases de efecto invernadero en los diferentes esquemas de producción…”, pero, justamente esa relación es la que hace que la contribución de la ganadería al calentamiento global sea tan prodigiosa, pues el nivel de emisiones provenientes de la ganadería y la agricultura ha sobrepasado el 50% de las emisiones de GEI a nivel global y más del 80% en el contexto nacional. Pero, parece que la defensa de lo indefendible es la vocación del Gobierno del Paraguay y hacer el ridículo, la ofrenda más preciada a sus amos.